domingo, 10 de octubre de 2010

Los Vinos


«Noé plantó una viña. Bebió el vino, se emborrachó, y quedó desnudo en medio de su tienda». Con este escueto lenguaje, y en dos líneas, la Biblia nos cuenta, siguiendo la tradición hebrea, la invención del vino, y la primera borrachera
Si la alimentación pertenece a los dominios del instinto y de la necesidad, por más que hayamos convertido su elaboración en un arte y su consumo en un rito, el vino pertenece por entero al ámbito de la libertad y de la fiesta. El vino no es indispensable, ni fuera ni dentro de las comidas (aunque auto­ridad tan alta como la de san Pablo se lo recomendaba en las comidas a su amigo Timoteo, por razones de salud que siguen siendo válidas). Pero sin vino una comida no es todavía una celebración, una fiesta.
Así, la crianza de los vinos se ha convertido en un arte que sólo dominan, a fuerza de experiencia (transmitida casi siem­pre a lo largo de una misma familia durante generaciones) y a fuerza de tiempo, una exigua y aristocrática minoría de maestros vinificadores. En justa correspondencia, la degusta­ción de un buen vino requiere, a su vez, una cultura vinícola que es fruto de la afición y del buen gusto.
El primer aspecto no interesa únicamente a los cultivado­res y bodegueros de vino. Interesa, en primer lugar, a los consumidores. A medida que crece la afición, y con ella el discernimiento, éstos se vuelven más exigentes en cuanto a la calidad de los vinos, desde los más modestos vinos de mesa hasta los más insignes caldos de las grandes bodegas.
El vino se cría únicamente en las franjas más templadas de los dos hemisferios. En el hemisferio norte, las grandes áreas vinícolas son la francesa, la española y la italiana, y, en general, toda la cuenca del Mediterráneo; en la orilla ameri­cana, California, y últimamente, y con gran fuerza, México, dan desde hace algunos años vinos que pueden competir bri­llantemente con los europeos.
Por lo que respecta al hemisferio sur, Chile y Argentina son las dos grandes regiones vinícolas americanas.
Los conquistadores españoles, desobedeciendo por cierto la legislación de la metrópoli, que deseaba mantener para España el monopolio de tan lucrativo comercio con América, intentaron aclimatar las vides en las regiones tropicales que primero exploraron y colonizaron, pero sin éxito. Se supone que las primeras vendimias americanas tuvieron lugar en Mé­xico hacia 1530. Poco más tarde prendían los primeros viñe­dos en Argentina y Chile.
En California, donde la industria vinícola se desarrolla actualmente con una pujanza extraordinaria (acompañada, por cierto, de una afición inédita y creciente entre el público norteamericano), fueron los misioneros españoles y mexicanos quienes introdujeron la vid, a mediados del siglo XVIII.
Esta implantación americana llegaría a tener consecuencias providenciales para la continuidad del cultivo de la vid en Europa. A finales del siglo XIX, una voraz epidemia de filoxera asoló los viñedos europeos, especialmente los franceses. Sólo la importación de cepas americanas, resistentes a la peste, en las que se injertaron especies europeas sanas, permitió reanu­dar en breve plazo los cultivos, y con ellos la crianza de los vinos.