domingo, 10 de octubre de 2010

Los Vinos y la mesa


Beber el vino solo, es decir, sin acompañarlo con algún ali­mento, es algo que pocas personas saben hacer con pleno conocimiento de causa (aunque, desde luego, lo único verda­deramente inadmisible es beber el vino a solas: el vino debe ser siempre celebrado, compartido). El vino sólo realiza plena­mente su vocación en la mesa.
Las propiedades del vino como estimulantes de la diges­tión, y por lo tanto como perfectos acompañantes de la comi­da, son conocidas desde muy antiguo. Y desde antes, sin duda, son evidentes sus propiedades como estimulante de la alegría, de la conversación, y de la convivencia en la mesa.
Entre los «gourmet» auténticos, la presentación de un vino en la mesa obedece siempre a reglas tan estrictas como las del movimiento de los planetas, y desde luego, para los no iniciados, mucho más arcanas que éstas. Los catadores exper­tos descubren en un determinado vino matices y cualidades de las que el profano ni siquiera sospecha la existencia. Pues bien, un buen «gourmet», además, sabrá en todo momento casar cada vino con cada alimento, con cada vianda, con cada receta. El único consejo seguro en este punto, si tenemos la fortuna de comer en compañía de alguno de estos talentos gastronómicos, es dejarse guiar al pie de la letra por sus con­sejos y sugerencias. Se lo agradeceremos. Simples mortales, habremos vislumbrado reinos que parecían reservados a las divinidades del Olimpo. Y en adelante, nos acercaremos a un buen vino con el respeto casi religioso (de cierto blanco de Borgoña decía Alejandro Dumas que había que beberlo de rodillas) que se merece en estricta justicia.

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